Al salir de su escondite, los aldeanos me vinieron con una versión de lo ocurrido harto inverosímil. Parecía ser que la patrulla Nilfgaardiana había ostigado la aldea en búsqueda de objetos de valor. Lo cual no me extrañó conociendo la calaña de esta gente. Pero lo que no pude creer es que los Ghuls hubiesen acudido en rescate a atacar a la patrulla, como pretendían hacerme creer esos miserables campesinos. Los Ghuls son como perros sarnosos, perros con la fuerza de un caballo, todo sea dicho, pero cobardes y además negrófagos. Por lo que solo se aventuran en las zonas pobladas si hay cadáveres que roer. Y desde luego aquí habían cadáveres para ello, aunque el asesino fuese otro que debía desvelar. Por lo que me puse a investigar la zona, y seguí el rastro del olor de la sangre de los soldados con mis sentidos de brujo. Ello me condució a una puerta que estaba cerrada. Y al tratar de abrirla, un aldeano corrió a imprecarme que abandonase el intento... Al no tener ganas de dialogar con el, le amenacé para que me contase toda la verdad, ante lo que me confesó que debajo del poblado habían unas ruinas elfas, escollos de la antigua civilización, y que bajaron sin mas demora en busca de tesoros que poder vender en la ciudad de Novigrado. Los muy ilusos no se imaginaban que estos tesoros, en caso de haber alguno, podían estar en algunos casos custodiados por criaturas ancestrales durante cientos de años. Y así fué. La criatura emergió y acabó con todos, así como con la patrulla de los soldados...


