Antes era suficiente con mi imaginación. Con la película sexual de mis recuerdos. Con mis compañeras de clase marcando ingenuos pezones. Con aventuras inventadas en las duchas del gimnasio. Antes la pornografía estaba en mí. No la utilizaba, la enriquecía con mis fantasías. Con eso era bastante. Un desfile de conocidas que ejercían de esclavas sexuales durante los pocos minutos que duraba mi paja. No recuerdo cuando eso cambió. Pero cambió un día. No sé si fue internet, o las prisas, o la emancipación, o los primeros polvos. Lo cierto es que ya siempre me refugié en otras fantasías de otras personas con otros actores y otras actrices que sustituyeron a mis compañeras de clase, trabajo o vida. Y así mi sueño de ser invisible y colarme en la casa de la chica más tetona de clase se transformó en un neumático polvo americano, y mi sueño de ser el dios adorado de una especie de reino de amazonas obligadas a satisfacerme se transformó en una orgía checa. Y así perdí mi inocencia. Refugiándome en las pollas de los demás en vez de en la mía propia. Y tengo la sensación de que el camino ya no se puede transitar hacia el origen.
Verdades como jodidos puños.