Bien, amigos. Comienza la fase 3 de la Operación Babas Perrunas, la operación de secuestro que será recordada en todos los cantares de gesta que se escriban a partir de ahora, suponiendo que alguien tenga los cojones de escribir uno (es un género muerto). Tengo un buen pálpito, y la última vez que tuve uno, acerté: no era sífilis.
Debido a las circunstancias, y a que soy un mimetic motherfucker, esta vez tengo que disfrazarme en condiciones. Si me ve rondando por el parque, ese delicioso cerebrito podría atar cabos, y aunque eso convenga a los violadores de la cárcel, no me conviene a mí.
El plan es básicamente el mismo. Repetir el secuestro y esperar la desesperación y la ansiedad de la mujer que amo. Cuando vea que Babas no me puede olvidar, se dará cuenta de que ella tampoco y lo celebraremos follando en el suelo mientras Babas ladra feliz alrededor. Os diría que me desearais suerte, pero no la necesito.
FASE 3 Y EPÍLOGO
Tras debatir conmigo mismo los pormenores éticos y morales de la operación por última vez, llegué a la conclusión de que esa mujer tiene que dar gracias de que no secuestre a su abuela. Con estos pensamientos de justicia y derecho divino, partí hacia el mismo parque de la otra vez. Esta vez mi atuendo consistía en gafas falsas y bufanda hasta la nariz. Si bien es cierto que parecía un espía norcoreano, nadie se para a mirar fijamente a un tipo que se viste como un auténtico tarado y que merodea de noche por un parque.
Ya que la otra vez estuve mucho rato esperando en las sombras, decidí cambiar de estrategia. Me puse cerca de la entrada del parque que imaginaba que ella podría utilizar (un poco al azar, todo sea dicho) y esperé. Para demostrar que los hados están de mi parte, a los 15 minutos, apareció.
Empecé a seguirla. Tras un rato de dar vueltas a una distancia prudencial, vi que se sentaba en un banco, pero seguía sin soltar al maldito perro, supongo que aún traumatizada por lo del otro día. Al ver que el tiempo pasaba y que el perro seguía atado al símbolo de esclavitud que los homínidos superiores han arrojado sobre los canes, activé el Protocolo Alfa de Distracción que he estado preparando estos últimos días.
El Protocolo Alfa es muy sencillo. Me he hecho una cuenta de Instagram sobre maquillaje, tema que le flipa a mi ex. He subido a ella fotos guapas de lo que yo considero que son las últimas tendencias (cosas copiadas de otras cuentas, porque yo tengo el mismo conocimiento sobre moda que sobre emociones básicas humanas). Me he ganado unos 300 seguidores usando estas rastreras tácticas y he desarrollado cierto gusto por ciertas sombras de ojos que quizá haga que algún día cierto hombre se vista de mujer.
Cuando vi que miraba al móvil, lancé el brutal ataque:
Un tremendo y demencial follow seguido de incesantes likes a todas sus putas publicaciones.
Su cara se encendió como el panel de mandos de una central nuclear en plena fusión del núcleo. Echó ambas manos al móvil mientras Babas estaba atado en corto, cosa que ese mamarracho amante de la libertad detesta. Ni dos minutos tardó el animalito en empezar a quejarse. Ni dos minutos tardó ella en soltarlo para que no le diese por culo y se ocupase de sus perrunos asuntos mientras descubría qué cuenta de tendencias mostraba interés en ella.
Bingo.
Esta vez fue mucho más fácil. Seguí a Babas y cuando estábamos a una distancia prudencial de ella, silbé nuestra señal secreta: el himno de la URSS. Babas se convirtió en un proyectil peludo en su encuentro hacia mí. Ni salchichota ni hostias, solo el amor entre dos hombres de distintas especies. Un abrazo, al coche y a casa.
Esta vez me llamó ella. Cuando aún estaba en el coche. Se lo cogí temiendo que Babas dijese “SOCORRO, ESTOY AQU*. Luego me di cuenta de que quizá estaba humanizando demasiado a un perro. Le pregunté que qué pasaba con voz casual, que si me echaba de menos. Me preguntó histérica que si Babas estaba en mi casa. Le dije que no y ella me contó que se había escapado. Ajá. Ajá. Si viene por aquí te aviso. Chao.
Cuando llegué a casa decidí dejar pasar un poco el tiempo para llamarla. Quité pelos del chucho de toda la casa, ya que no tendrían sentido si el perro acababa de aparecer, y la llamé. Le dije que estaba flipando, que no se lo iba creer, etc. Y evidentemente estaba flipando, pero aún así decidió venir sin esperar al día siguiente. Llamó a la puerta y yo ya estaba esperándole con Babas en brazos. Me dijo que era increíble lo mucho que el perro me echaba de menos…y que quizá no era el único. Os voy a ahorrar detalles escabrosos. Pasó, bebimos, recordamos cosas y finalmente se quedó a dormir. Sí. Me volví a follar a mi exnovia secuestrando a su perro. Dos veces.
Con su cabeza en mi pecho, me preguntó que si no me parecía raro todo el asunto: que Babas hiciese ese viaje tan largo solo para venir a mi casa, que lo hubiese hecho justo ahora, etc. Me puse un poco nervioso y solo se me ocurrió decir: “No sé, a lo mejor tu perro es autista”, lo que debió parecerle una buena respuesta, pues se durmió y no hemos vuelto a hablar de las misteriosas desapariciones del héroe de esta historia, Babas.
FIN.